| La campaña del '73 |
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| Escrito por Ignatius J. Reilly | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| martes, 08 de abril de 2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||
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La primera campaña completa en la que seguí al Taladro a todos lados fue la del año 1973, en ella nuestro equipo logró brillantemente el ascenso a Primera división, el cuarto de su historia, al ganar el torneo de la vieja Primera B, aquellos duros campeonatos que se jugaban durante todo el año en dos ruedas, desde febrero hasta el lejano diciembre. Por Luis Mera Eran tiempos de una gran ilusión popular que auguraban la ruptura de las injustas estructuras sociales y económicas existentes, aunque la dinámica histórica nos llevara luego al mayor baño de sangre que registra nuestro país. La situación general, de la cual nunca es ajena el fútbol como fenómeno sociológico de raíz popular, era sumamente conflictiva –aunque esperanzadora a la vez-. El desarrollo del proceso se montó en una alocada vorágine que rápidamente arrasó con todo. 1973 se inició con las ansiadas elecciones de marzo que acabarían con la dictadura de Lanusse, llevando al poder a un peronismo –que cargaba con dieciocho años de proscripción- que se encontraba irreconciliablemente escindido en dos facciones antagónicas, que se hallaban dispuestas a dirimir el pleito a balazos, la efímera presidencia del Tío Cámpora terminaría como consecuencia de los sangrientos sucesos de Ezeiza-que provocaron mas de trescientos muertos- dando paso al interinato del siniestro Raúl Lastiri, los comicios de septiembre que encumbraron al general Perón -y a su impresentable esposa y sucesora- se vieron enlutados a los dos días por el asesinato de Rucci, se inició el meteórico ascenso del Brujo López Rega –gestor de la Triple A, que provocaría mas de 3.000 muertos en su corto accionar- la irresponsable decisión de la conducción del E.R.P. de reanudar la lucha armada agregaría una cuota mayor de violencia al escenario. En fin se trataba casi de una novela de García Marques La violencia política reinante, y el natural desahogo que se produce al final de una dictadura, hizo que se relajaran los controles policiales en los estadios, lo que hacía habitual la portación, y el uso, de armas de fuego por parte de las barras bravas. Era la época en que el negro Thompson regenteaba la banda de Quilmes –quien moriría en 1982 en la cárcel de Villa Devoto, donde purgaba una condena por asesinar a un simpatizante de Boca-. En Banfield también existía un grupo pesado que hacía de las suyas, además de llevar los trapos y los bombos, capitaneado por los hermanos Pistoya, la Vieja, el terrible petiso Codelia, el Gordo Cazella, los Mellizos, y tantos otros. La diferencia con la violencia de la actualidad es que la marginalidad se ha incrementado notablemente, ya no se respetan los códigos, antes se peleaba “por la camiseta”, aunque el eje de la cuestión, a mi juicio, es que la droga no estaba aún tan difundida, aunque desde el seno de la barra se olfateara el típico aroma de la marihuana. Recordemos que se jugaba en inseguras canchas de madera en las que la violencia era un fenómeno cotidiano, tenía una gran cuota de riesgo –y hasta de locura-concurrir, y regresar sano y salvo, a Lanús, Escalada, Lomas ó Morón, la mayor parte de los partidos disputados entre equipos grandes de la categoría terminaban en gigantescas batallas campales, de las cuales vienen a mi memoria las visitas que realizamos al Gallo de Morón, el partido con Quilmas en la cancha de Independiente y los salvajes sucesos desarrollados en la cancha de Los Andes, pero vayamos por parte. El Taladro inició auspiciosamente de local su participación un sábado de carnaval goleando a un duro Platense por 5 a 3, en el que los pibes situados detrás de la “Campeón Moral” –que era tribuna local en la época- tuvieron de punto al arquero Calamar, Caffaro, que ese día atajaría tres penales, con una lluvia de bombitas de agua. En el plantel campeón descollarían jugadores de la talla del arquero Lavolpe -aquel que de muy pibe se iniciara en el Papi fútbol del Cludias-, el marcador Barril, el volante Corvo, el entreala -que antigua suena el termino en la actualidad, el Bicho Flotta, el incontrolable wing Alberto Jesús Benítez, el cerebro Mateos, el esforzado defensor Moris, el lateral Pipastreslli, el “tano” Roselli, Silvio Sotelo, el goleador “Juanchi” Taverna –vendido al final de la primera rueda al Murcia, en tiempos en que era muy difícil que un club chico colocara directamente un jugador en España, y despedido con una inolvidable ovación por parte de la parcialidad albiverde en el estadio de Defensores de Belgrano. Todos conducidos por la prolija dupla Oscar López y Caballero, y presididos por Don Valentín. Esta campaña, de la que solo me perdí el partido de visitante con Almirante Brown –por quedarme dormido luego de un viernes de farra, aunque por suerte me permitió zafar de los innumerables balazos con que los antecesores de las Marineritas -que por cierto distaban en mucho de la belleza de las pulposas niñas que alegremente animan las tardes de Isidro Casanova- recibieron a nuestros numerosos micros, coincide con los tiempos de mi perdida adolescencia y me hacen retrotraer a los mejores años de mi vida.
En
la cancha de Independiente –por seguridad la AFA determino que no
se jugara en el mítico estadio de madera de Guido y Sarmiento- nos
enfrentábamos al poderoso Quilmes, decidimos trasladarnos en tren,
y ya en el corto viaje notábamos que el ambiente estaba realmente pesado:
los fierros se olfateaban sin mucho esfuerzo; cuando bajamos
en la estación Avellaneda nos encontramos con un operativo policial
que nos recordaba a los que montaba la dictadura en su ocaso: Era un
sitio tomado por las fuerzas de seguridad, al llegar a la cancha
presenciamos absortos que el espectáculo en las tribunas era fenomenal,
pocas veces pude ver la doble visera tan llena de hinchas de
ambos lados, desde la tribuna visitante apreciábamos que “como hormiguitas”
los Cerveceros bajaban del tren y se dirigían a la cita plagados de
banderas azules y blancas. Ese día fuimos con mi gran amigo el Tano y un tío suyo, Antonio, un inmigrante italiano –tal vez el último que llegaba a nuestras playas en carácter de tal- proveniente de un pueblo ignoto de la Vaca Italia, había llegado dos años antes a conocer la Aryentina, como dicen ellos, y decidió quedarse para siempre, nunca supe, si el clima, la carne o las mujeres convencieron a Tío Antonio-yo después de más de tres décadas todavía le digo así- a radicarse definitivamente entre nosotros, se lo voy a preguntar en cuanto lo vea. El Tío miraba con asombro, y cierto miedo, la locura que desparramaban las gradas, claro que él venía de un pequeño pueblo perdido en el sur de su país, y de pronto estaba ante más de 50.000 personas: no lo podía creer. Para colmo de males la barra brava de Mataderos había decidido hacer causa común con sus pares Cerveceros, para vengar la agresión que sufrieron al visitar el Lencho Sola, todo estaba predispuesto para un salvaje enfrentamiento, en el que llevaríamos seguramente las de perder ante la palmaria superioridad de los ocasionales aliados Esa tarde ganamos por dos goles, un cabezazo limpio de Lallana y una espectacular corrida de Alfredo Betuchi que acabaron con la resistencia de los locales, con esa habitual autoridad que imponen siempre los equipos del Gallego López; pero el problema se nos planteó para abandonar la cancha, tuvimos que rajar por una serie de callejuelas estrechas, plagadas de vías, que bordean el sector visitante. Nuestra retirada era acompañada por los inconfundibles silbidos de balas, y las ululantes sirenas policiales, que le ponían un marco preocupante al ocaso de la jornada. El siguiente bochorno que presencié fue en el lejano oeste, ese día perdíamos con Deportivo Morón por 1 a 0 y el árbitro pitó sobre el final del partido un penal para Banfield. Para que, la Banda del Gallito abandonó rápidamente la tribuna local y la emprendió contra nosotros, los tiros volaban de ambas partes. El volante Mateos erró el tiro desde los doce pasos-de eso me enteré mucho después por que en la desbandada provocada por el choque de hinchadas perdí el micro y estuve tres horas escondido, junto a otros hinchas del Taladro, en la periferia de la Municipalidad local, en mi caso me refugié detrás de un enorme jarrón, desde que el que observaba a los energúmenos que se paseaban pistola en mano a la caza de hinchas visitantes. Carlitos, el locuaz encargado de La Mascota, me contó una mañana en Tiara, mientras degustábamos un suculento café con medias lunas junto a Chuchu, que en realidad el jugador de Banfield tiró afuera el penal porque le apuntaron con un revolver desde el alambrado, no se si será verdad, ya que su memoria es un tanto fantasiosa, pero permítanme creerle. La gota que derramó el vaso de ese violento año fue lo sucedido en nuestra visita al Gallardón, donde naturalmente nos alzamos con una victoria, en este caso por cuatro goles, con tres tantos del Juanchi; tal vez para los muy jóvenes Los Andes tan solo signifique un club de la actual Primera “B” Metropolitana, ya que hace casi una década que no lo enfrentamos, pero para los que pintamos canas casi me atrevería a decir que significaba, en el plano de la rivalidad futbolística, algo similar a un enfrentamiento actual con Lanas. La semana previa Aldo, el hermano del Tano de tan solo diez años, se dedicó junto a su inseparable amigo Coquito a recortar cuantos diarios encontró – Don Piero, su padre, casi lo mata porque lo dejo sin diarios para envolver los huevos que vendía en su almacén- destinados a llenar una enorme bolsa de papelitos para arrojar cuando saliera nuestro equipo a la cancha de los rivales históricos. Quedamos en encontrar al Tío Antonio en la estación de Lomas debajo del reloj –como se estilaba en la época-, y por razones de seguridad evitamos a los micros de la Banda é iniciamos la larga caminata hasta el estadio, llegamos temprano, pero se veía a las claras que no iba a ser un partido más La tribuna local comenzó a poblarse de hinchas con banderas de los mil rayitas, la nuestra también fue agregando lo suyo, aunque se debe reconocer que estábamos en minoría, al llegar el grueso de la hinchada del Taladro se comenzaron a oír disparos en todas las direcciones posibles, Antonio le dijo a su sobrino –Madonna santa, Ma como puede ser!, y la policía donde esta? Naturalmente que el tradicional localismo de la bonaerense lo hacía degustar de los exquisitos choripanes y hamburguesas que ofrecían los puestitos situados detrás del arco, desatendiendo su función específica. El marcador lo inauguró esa tarde Luis Roselli, en una jugada en la que el público local reclamó posición adelantada del tano, pero el árbitro Pedro Feola –quien no sabía que ese día peligraría seriamente su vida, llevándolo a perder toda la dentadura- lo convalidó y rápidamente se iniciaron los incidentes. Un simpatizante local ingresó al campo de juego para agredir al juez, los jugadores de Los Andes lo contuvieron; pero en forma inmediata surgieron desde la boca del túnel mas hinchas dispuestos a abalanzarse sobre el indefenso juez. Durante, por lo que durante catorce minutos permaneció suspendido el partido. En el segundo tiempo, cuando en pocos minutos Taverna concretó dos goles, los suplentes del taladro fueron agredidos con piedras, luego de un breve interrupción el partido se reanudó, finalmente el cuarto gol del Taladro enardeció a la hinchada local que invadió el campo de juego –los memoriosos recordarán las imágenes de un enorme colectivero de la 160 munido de cadenas- muchos de ellos portaban cuchillos y armas de fuego, decidida a linchar a la terna arbitral. En ese momento la Banda del Taladro se sumó al caos. saltando el alambrado, con lo cuál se inició una batalla campal con sus pares de los mil rayitas, la policía –como siempre- no pudo controlar el desborde. Mientras tratábamos de escapar de ese escenario dantesco todos nuestros jugadores nos imitaron, produciéndose las famosas fotos publicadas por el diario Crónica que mostraban a Lavolpe y a varios de sus compañeros corriendo por las calles laterales con la vestimenta de jugadores. Feola, y sus asistentes, lograron refugiarse en una casa cercana para salvar sus vidas. Realmente nunca presencié algo tan cercano al infierno en un estadio de fútbol, mientras el Tío Antonio mascullaba bronca, no cansándose de repetir “Ma, ció é una follia” –una locura- mientras veía con asombro como un grupito de hinchas se afanaba la campana de la estación de Lomas. Finalmente el club local fue sancionado con la clausura del estadio y la quita de 16 puntos, que lo puso en peligro de descenso. La lucha por el titulo fue un constante mano a mano con nuestros vecinos de Temperley, eran las épocas en que ambas hinchadas cantaban “Banfield y Celeste cueste lo que cueste”. quien lograría el mismo lauro al año siguiente. Faltando seis fechas le llevábamos tan solo dos puntos a nuestros seguidores en la tabla y debíamos ir al Beranger a conservar la punta a como diera lugar, era la verdadera final anticipada del campeonato, frente a un gran equipo en el que brillaban su arquero Barbieri, Magalhaes, Di Bastiano, Patti , Corbalan y otros más. Fui a la cancha con la natural preocupación con que va el hincha de un equipo puntero a la casa de quien lo quiere desbancar, el Tano y el Tío Antonio me acompañaban. Esa tarde soleada las tribunas ardían de fervor por ambos lados, de entrada nos quedamos fríos cuando a los treinta minutos perdíamos dos a cero, pensamos que era imposible de remontar y que el sueño del ascenso se esfumaba, pero antes de que se fueran al descanso Alberto Benítez, que luego brillaría en Colombia, nos despertó la esperanza con un gol que nos ponía a tiro del empate. Un verdadero golazo del Bicho Flotta, cerca del final del partido, permitió la anhelada igualdad que nos aseguraba mantenernos al tope de la tabla. Esa tarde mientras regresábamos contentos a casa cruzando el paso a nivel –que se estaba construyendo- junto a una verdadera multitud de hinchas de Banfield, sabíamos que el ascenso no se nos podía escapar, tan solo era una cuestión de tiempo; de locales contra Defensores de Belgrano daríamos la primera vuelta olímpica del Taladro que presencié en mi vida.
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