| El Patriarca |
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| Escrito por Ignatius J. Reilly | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| viernes, 16 de mayo de 2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||
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El amigo Luis Mera nos envía un nuevo relato titulado El Patriarca. A leer se ha dicho.
Señala
un viejo y sabio refrán popular que “A quien Díos no le da hijos,
el Diablo le envía sobrinos”, en mi caso Belcebú me
mandó un hada preciosa, petisa, rubia y parlanchina, llamada Carolina,
quien cada vez que en su media lengua pronuncia, con tono angelical,
la palabra Tío logra que me olvide de cualquier preocupación
terrenal, instalándome mágicamente en el fabuloso terreno de la fantasía.
Con Caro establecemos la natural relación de compinches que debe haber entre tío y sobrina, pese al enojo de los padres cuando accedo a casi todos sus caprichos, en el marco de una dupla separada por la friolera de cuarenta y cinco años. Cumpliendo con el mandato social que recibimos los mayores de hacerle conocer el mundo al que lentamente se van asomando los “locos bajitos” establecimos de común acuerdo que las mañanas de los sábados son para nosotros, lanzándonos a pasear por diversos lugares de la ciudad de Banfield y sus alrededores. Este pacto no admite interrupciones por lluvias, fríos o excesivos calores, tan solo cuando ella está algo enfermita trasladamos el escenario a un lugar cerrado. Una fría mañana, aunque algo soleada, de la reciente primavera le estaba mostrando a Carolina una serie de frescos, realizados en 1994 por Victor Fernández, que lucen en el olvidado andén 1 de la estación; entre el revoque de la pared asoman las imágenes de diversos personajes ligados a la ciudad, entre otros el oriental Julio Sosa, el genial Cortazar, el inigualable “Pepe” Biondi, los players Gustavo Albella y Eliseo Mouriño, el “gitano” Sandro, y el “Colorado” Alfredo De Angelis, autor del tango “El Taladro”. Aunque parezca increíble están –al menos por ahora- a salvo de los sacrílegos graffiti, que todo lo destruyen. De pronto Caro observa uno de los pétreos rostros pintados, se queda mirándolo fijamente, y me dice con asombro -¡Tío, ese Señor sos vos! Presto atención a la imagen y descubro que, como siempre, los chicos tienen razón. El retrato del ingeniero Edward Banfield tiene un marcado parecido conmigo, mientras le encontraba más elementos similares a mi rostro, mi sobrina me preguntó ¡Pero no sos vos tío! Entonces ¿quien este señor con barba? Como pude le respondí -Se llama Eduardo Banfield. Ella astutamente replicó -Pero no tío, ¡si Banfield es el club de papa, tuyo y mío! No es una persona.-respondió con una lógica impropia de sus cuatro años. Allí caí en la cuenta que sabía muy poco de él, de este modo “la petisa” instalaba el bichito de la curiosidad en mi mente. En el momento en que empezaba a tratar de armar las vagas noticias que tenía sobre aquel caballero inglés, que daba nombre a este pueblo transformado en ciudad por el doctor Oscar Alende en noviembre de 1960, Caro me bajo a su realidad -Tío ya me aburrí de ver estas caras -diciéndolo con la ansiedad típica que tienen los mas chiquitos, lo que los transforma en verdaderos prototipos del hiperkinético perfecto -Dale vamos a donde vos sabes que a mi me gusta ir. Mientras caminábamos con rumbo al Mc Donald’s más cercano –destino obligado de cualquier paseo con chicos en los tiempos que corren -en busca de la dichosa “cajita feliz” que enloquece a los pequeños y transforma en millonarios a los dueños del payaso Ronald- fue naciendo en mi el proyecto de investigar sobre aquel ingeniero ferroviario. Al trasponer el umbral de este verdadero icono de la globalización, y mientras a la petisa le costaba decidirse cual de los simpáticos muñequitos que ofrecía la vistosa vitrina se llevaría esta vez a casa, comencé con el típico discurso que los adultos armamos en este emporio de la comida chatarra, diciendo para mis adentros -¿Cómo puede ser que yo sea un instigador del consumo en este siniestro lugar que lleva al paroxismo la explotación laboral?, ¿Desde cuando una persona que se precia de ser progresista alimenta a este engendro yanqui? De pronto escucho la voz de la enana que me dice. -Ya está tío, elijo a Bob Esponja. No me quedó otra salida que ponerme en la fila dispuesto a ser esquilmado nuevamente, en este caso por una bella pelirroja, y modosita, que soñaba con que su carita pecosa ocupara algún día el anhelado retrato de la “empleada del mes”. De pronto recordé que en mi ya lejana adolescencia yo también era uno de esos giles que consumía los espejitos de colores que los lacayos del Tío Sam nos ofrecen. Solo que en esa época lo hacía en los novísimos locales de Pumper Nic –aquel del inconfundible hipopótamo- que se erigían como símbolo de lo ultra moderno en las cercanías de la “calle que nunca duerme”, que nos acogía luego de una velada romántica con alguna buena compañía femenina –aunque en algunos casos no se tratara precisamente de una aspirante a Miss Mundo- o de disfrutar una buena película en cualquiera de los tantos cines que la “segura” Buenos Aires de fines de los ’70 ofertaba a los noctámbulos incurables como yo. Aunque pensándolo bien no era tan segura la Capital –como le decíamos los pajueranos del Gran Buenos Aires, a los que el Roca y el subte nos acercaba cada sábado- en esos tiempos que aparecen con caracteres dorados en la memoria de los cincuentones, ya que los esbirros de Videla y Masera se paseaban como cuervos sedientos de sangre en los siniestros falcon verde, a la pesca de alguna victima propiciatoria para la ordalía de sangre en que habían transformado al país mientras los goles de Kempes y las piruetas del gran Diego en el lejano Japón nos regocijaban a través de la pantalla. Mientras Caro me comentaba -Tío, a las patas fritas le falta sal- empecé a recordar que el antiguo Ferrocarril Sur tuvo su origen en 1862 –en los “liberales” tiempos de Mitre- como proyecto de la empresa Buenos Aires Great Southern Railway, fundada por el británico Edward Lumb, que dos años más tarde inauguraba la faraónica Estación Constitución, y conducida como Gerente General por su tocayo, el ingeniero Edward Banfield, había llegado en 1865 a Chascomús, atravesando unos 114 kilómetros de pampa bárbara. Carolina seguía con su preocupación gastronómica, cuando casi ordenándome me dice -¿Y tío? ¿Cuándo me traes la sal? Definitivamente comprendí que esa no era la situación ideal para elaborar la historia del colega de Blumberg, dicho esto con ironía claro está. Mientras seguía removiendo mi memoria histórica en busca de necesarios datos, mi sobrina me dijo -Ya termine con la tota, así que vamos a recorrer negocios para “compar” algo lindo. –la criatura retomaba su apuro-. Mientras salíamos del local de comidas rápidas me acordé que en el profesorado de historia nos habían enseñado que para los inicios de la década de 1870 el Ferrocarril Sud contaba con las siguientes estaciones urbanas: Constitución, Barracas al Norte -actual Bernardo de Irigoyen, que era utilizada por los obreros que trabajaban en las barracas donde se curtía el cuero que marchaba a Europa-, Barracas al Sur –la populosa Avellaneda-, Lanús y Lomas. Caro se deslumbraba con las coloridas vidrieras decoradas con anuncios de bienvenida a la mejor estación del año y ofertando las liquidaciones de los productos invernales, aunque ella tan solo se detenía en los escaparates de las jugueterías, y en aquellos que desbordan de libros infantiles. Mientras hacía piruetas para no comprarle todo lo que ella quería, mostrándole otro local en cuanto se estacionaba peligrosamente en alguno, con la consabida. -Mira Caro ¡que buena que está lo que venden acá!- le señalaba unos hermosos muñecotes de felpa, mientras recordaba que para 1873 la empresa ferroviaria analizaba seriamente crear una nueva parada –una casilla en realidad- entre las dos últimas estaciones. Decidido a llegar cuanto a antes a casa para pasar en limpio todos los elementos enhebrados en el paseo por Caro opté por comprarle el enorme, y carísimo, oso de peluche que la subyugó en la principal juguetería de Banfield, por lo que recibí un enorme besote, dado entre las consabidas lagrimas que expelen los ojos de las criaturas cuando están conmovidas. Sentado frente a la computadora descubrí que el patriarca de la ciudad, aunque nunca había vivido en ella había muerto muy joven, a los 35 años, de tuberculosis. Luego de gerenciar exitosamente una mina de plomo en Canadá, se dedicó a colaborar en un proyecto de iluminación de las Cataratas del Niágara, se trasladó a Alemania para hacerse cargo de ferrocarril de Hamburgo a Frankfurt, más tarde se casó con su prima Jane y fue tentado por el Ferrocarril Sud para cruzar el Atlántico; aquí desarrolló un exitoso sistema de transporte ferroviario de la lana, logró que los rieles traspasaran el caudaloso río Salado, llegando hasta Azul y Tandil. Para fines de 1871 el agravamiento de su precaria salud lo obligó a renunciar a su cargo para marchar a morir en su país natal La empresa emitió un comunicado, el 17 de mayo de 1872, en el que lamentaba su renuncia en estos afectuosos términos “Con gran pesar el Directorio tiene que anunciar la renuncia de Edward Banfield, que ha sido Gerente General de la misma desde comienzos de la Compañía, y cuyos valiosos servicios como administrador, organizando y desarrollando el tráfico ferroviario lo hacen merecedor del mayor agradecimiento y especial consideración de los accionistas”. Pocas dudas quedaban a hora de elegir, el año siguiente, un nombre para la flamante estación. Antes de cenar decidí llamar a Caro para ver si el oso había sido bien recibido por el resto de los innumerables juguetes que inundan su habitación, para regocijo de ella y protesta de la madre. -Tío, quédate tranquilo, el oso se esta portando muy bien y ya tiene varios amigos. -Caro ¿Le pusiste nombre ya? -Sí, lo voy a llamar Banfield. -Es un lindo nombre para un oso. -Tío la Seño de Jardín nos dio una tarea y vos me podes ayudar. -A ver ¿que tenes que hacer?. -Para vos es fácil, nos dijo que averigüemos porque Banfield se llama así ¿Vos lo sabes no? En ese momento la comunicación se cortó, a lo mejor Caro tocó algún botón sin querer.
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