Corría el año 1948. Banfield que había
ascendido a 1ª el año anterior iba armando lentamente un equipo más
importante, sobretodo con el aporte de elementos de sus divisiones
inferiores. Racing en ese año había incorporado en su
delantera elementos de primer nivel y además al arquero Rodríguez y al
zaguero Filippo de Lanús, conformando uno de los elencos más poderosos
de esa temporada.
En la 14ª fecha Racing debía visitar al Taladro y eso
constituyó un suceso en toda la zona por la oportunidad de ver al
poderoso equipo de Avellaneda en nuestra cancha y a su vez hacer el
intento por amargarles la tarde a los de Sportivo Cereijo.
Pero esa mañana dominguera llovió torrencialmente, los campos de juego
no eran muy nivelados ni absorbentes que digamos y en estas condiciones
se formaban barriales en las áreas y charcos grandes por doquier que no
permitían que la pelota rodara como marca el reglamento. Además los
árbitros ingleses incorporados ese año hacían cumplir las reglas a
rajatablas.
Los famosos tableros de la Revista Alumni servían para conocer los resultados en las otras canchas. A falta de radios portátiles y teléfonos celulares, por medio de la
clave que aparecía cada domingo en dicha Revista se podían seguir todos
los resultados de la fecha que se jugaba.
Pero cerca del mediodía comenzó a componer, las emisoras de radio
anunciaban la realización de la fecha y nos asaltó el deseo de
presenciar el partido.Así es que después de almorzar mi padre, mi
hermano y yo nos pusimos en marcha rumbo al estadio, caminando apurados
y con pocas palabras dominados por el entusiasmo.
Llegados al estadio, en las boleterías mi padre manoteó ese dinero que
no sobraba en casa, y sacó las tres entradas con la fe del burrero que
se juega todo a ganador.
Cuando entramos el espectáculo era imponente: “la
techada”, las dos tribunas oficiales laterales, la de madera –que
estaba detrás del arco que da a la calle Granaderos-, y la de los
visitantes –hoy Eliseo V. Mouriño- estaban repletas hasta en los
pasillos. Aunque como se ve en la foto, detrás del arco que da a la calle Gallo no había tribuna.
Pero una duda invadió a todos los espectadores: quedaba aún un gran
charco de agua a la altura de la mitad de la cancha entre el centro y
el lateral que daba hacia los visitantes. Entonces ocurrió lo insólito:
ayudantes de la limpieza del estadio munidos de escobas y escobillones
comenzaron a desparramar el agua para que el árbitro aprobara el estado
del campo de juego.
Y el partido se jugó, y aunque escuchamos seis veces el grito de gol
desde la visitante todo fue un espectáculo inolvidable: los jugadores
de Banfield defendiéndose como leones ante un rival muy poderoso: el
legendario Norberto Méndez –insider derecho de la Academia- petiso,
regordete y chueco como era, transportando a cada rato la pelota por
sobre lo que quedaba de aquel charco, Rubén Bravo exquisito centro
forward y Llamil Simes como punta de lanza. 6 a 1 fue el resultado
final, pero todos habíamos quedado gordos de ver tanto buen fútbol.
Al regreso la tarde estaba fresca y hermosa. Las hinchadas como de
costumbre salían mezcladas sin saber bien de que club eran unos y
otros, todos comentando por lo bajo lo vivido, porque no había
televisión ni repetición de los goles. Cuando mucho nos conformaríamos
escuchando después en casa la “Oral deportiva de Edmundo Campañale”.
Todo quedaba en las retinas de cada uno. Como en mi caso… desde hace exactamente 60 años.