| Colón conquistado |
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| Escrito por Ignatius J. Reilly | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| lunes, 02 de junio de 2008 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Esta historia tiene la particularidad de iniciarse y finalizar en un mismo lugar: el fantástico estadio Chateau Carreras de Córdoba, a 700 kilómetros de la mítica esquina de Alsina y Maipú, en menos de dos años los banfileños sufrimos allí una terrible decepción, y luego disfrutamos de una de las mayores alegrías que nuestra mas que centenaria historia recuerde, perdiendo y ganando un ascenso. Por Luis Mera La frustración se produjo el domingo 27 de julio de 1991 cuando los Piratas de Belgrano nos vapulearon 4 a 0, ante unos 45.000 fanáticos que aullaban por el Celeste, mientras sonaban los estridentes compases de la Mona Jiménez y se agotaba la “coca especial” –vino tinto- que tan solo se vende en esas graderías. Dos años después, el 26 de junio del ’93 explotamos de felicidad al derrotar en una infartante serie de penales, 5 a 4, a Colón de Santa Fe en el desempate por el título del Nacional B. Para el invierno de 1992 Don Valentín, por enésima vez presidente del club, decidió que era hora de “tirar la casa por la ventana” para asegurarse el anhelado ascenso, para ello confió la dirección técnica al inglés Carlos Babington y renovó totalmente el plantel. Coherente con su pensamiento incorporó varios jugadores de gran experiencia, moviéndose con su probada habilidad dentro de la intrincada maraña del fútbol logró que llegaran al club futbolistas de gran renombre para la categoría, como Jorge Ortega -quien arribó desde el Pincha de La Plata-, el goleador Adrián Czormomaz -venía del fútbol europeo-, Jorge Higuain - proveniente de los Millonarios- , Diego Díaz -de Platense-, Ivar Stafuzza -de Boca-, Leonardo Selenzo -de Colombia-, Fabio Lenguita -de los Rojos de Avellaneda-, y finalmente desde el Globo llegaron Herrero, Puentedura y Maciel. A esta pleyade se sumaron algunos valores que habían quedado en el club de la temporada anterior, como el gringo Wensell, el Chueco Delfino, el Archu Sanguinetti, el Tano Cinto, Patrulla Jiménez y el promisorio Negro Godoy, entre otros. Se conformó así un plantel de lujo para pelear el ascenso, aunque la empresa que había por delante no sería para nada fácil, ya que se trataba de un extenuante torneo en el que participaban veintidós equipos, se debía viajar tres veces a Santa Fe, dos a Córdoba, jugar en Pergamino, Rafaela, en las lejanas Salta y Tucumán y en las calurosas provincias del Chaco y de Santiago del Estero –lugares donde los porteños, pese a que nosotros no lo seamos estrictamente hablando, no suelen ser recibidos con los brazos abiertos-. Además debíamos hacer pata ancha frente a históricos clubes de ascenso como Chicago, Quilmes, Morón, el Negro y los Tatengues santafesinos, así como salir airosos de canchas diminutas –y hostiles- como la de Talleres de Escalada, Ituzaingo, Laferrere, Arsenal y Defensa y Justicia. La campaña tuvo un inicio irregular, en las primeras fechas el equipo no terminaba de armarse, recién en el séptimo partido comenzó a aparecer el equipo; al terminar la primera rueda liderábamos el torneo, logrando el 50 % de los puntos, en una época en que los triunfos se premiaban tan solo con dos unidades. Al arrancar la segunda rueda nuevamente caímos en un pozo futbolístico, en los primeros nueve partidos tan solo conseguimos la mitad de los puntos, lo que nos alejaba de la posibilidad del campeonato, de todos modos la irregularidad del resto de los equipos nos permitía mantenernos en una expectante segunda posición detrás de Colón. En la 31ª fecha debíamos recibirlo en Peña y Arenales, era la dorada oportunidad para pegar el zarpazo. Ese sábado 3 de abril de 1993 amaneció horrible, la lluvia y el viento anticipaban un clima siniestro para la noche en que debíamos jugarnos la vida frente al Negro, quien diría que esa noche iba a presenciar una de las mejores actuaciones del Taladro en los 40 años que llevo como hincha. Faltando un poco mas de media hora para el comienzo se dudaba si el partido se podría jugar, ya que no había parado de llover en todo el día, de todos modos con mi hermano nos abrigamos bien –para colmo hacía bastante frío-, nos pusimos unos sólidos pilotos, tomamos los mejores paraguas que había en casa y arrancamos a caminar por la calle Granaderos en busca del Florencio Sola, un persistente chaparrón nos empapó antes de subir a la tribuna Campeón Moral; cuando Juan Bava confirmó que el partido se jugaría, pese a la enorme cantidad de lluvia caída, comenzamos a ver como miles de hormiguitas cubiertas empezaban a poblar el estadio: nadie quería estar ausente en esta instancia trascendental, en la que todos queríamos ganar aunque fuera con un gol con la mano y en tiempo de descuento. Nadie podía soñar la agradable sorpresa que nos tenía deparada esa noche de perros. El Taladro brindó una verdadera cátedra de fútbol, en la que mezcló, en partes iguales, un notable trato de pelota, la inquebrantable decisión de demostrar su superioridad y una contundencia pocas veces vista en Peña y Arenales. A los siete minutos Herrero abrió el marcador, diez minutos más tarde volvió a convertir, a la media hora de juego el Chueco Delfino aseguró el resultado al clavar el 3-0, y antes de finalizar el primer tiempo logró el cuarto. En el entretiempo todos pensamos que tan solo nos quedaba seguir mojándonos –a nadie le pasaba por la cabeza irse a la casa a darse una ducha caliente- y cantar hasta la afonía; pero aún faltaba algo mas: en la segunda etapa un penal de Stafuza, y dos goles sobre el final de Roldan y el Gringo Wensell sellaron el 7-0 definitivo. Ya no quedaban dudas que el titulo no se nos podía escapar. Sorpresas te da la vida dice la canción, y en este caso la sorpresa fue mayúscula cuando ya estábamos pensando en organizar la Cena del Campeonato la realidad nos dio un cachetazo: faltando cuatro fechas perdimos dos partidos consecutivos, con Chicago 3 a 1 en la cancha de Español y de local con los Cerveceros 1 a 0, con lo que Colón nos alcanzó en la cima de la tabla. En la última fecha se definiría quien se llevaba el título. Ellos debían viajar a la tórrida Resistencia, para enfrentar al duro Chaco For Ever, mientras nosotros iríamos a la cancha del Tate – los rivales históricos del Negro-, la duda que flotaba en todo el ambiente futbolístico era si los dirigidos por Hilario Bravi jugarían livianito para que sus vecinos no fueran campeones o se impondría el fair play, además Unión necesitaba triunfar para ingresar al octogonal que otorgaba el otro pasaje a primera. La Barra visitó la concentración la noche anterior para “convencer” a sus ídolos que Colón no debía ser campeón ese sábado –lo que ocasionó que un jugador que no aceptó la sugerencia tuviera que desaparecer para siempre de la tierra de Estanislao López-. Mientras la ciudad de Santa Fe ardía, desde la sede de Vergara cinco mil de los nuestros emprendían viaje con la esperanza de dar la vuelta en el estadio 15 de Abril Al terminar ese sábado nos acordamos de aquel latiguillo del mítico “Feliz Domingo”, cuándo Silvio Soldán determinaba en situaciones de empate entre participantes Los dos a la final. Tanto Colón como El Taladro habían logrado superar airosamente el último escollo en el torneo, aunque en nuestro caso sufrimos la expulsión de Wensel –con quien no podríamos contar en el desempate-, arribando ambos a los 56 puntos. Pese a que duplicábamos la diferencia de goles respecto a los que poseían ellos, el reglamento establecía que se debería jugar el fin de semana próximo un partido de desempate –en cancha neutral- para proclamar al campeón. En la sede de AFA ambas dirigencias no se ponían de acuerdo sobre la sede de esa finalísima, ellos querían la cancha de Central y nosotros proponíamos los estadios de Lanús o Independiente, finalmente el Comité Ejecutivo estableció que el bolillero decidiera: el azar quiso que el hermoso Chateau Carreras fuera el escenario en el que se verían las caras los dos aspirantes al título, en detrimento del Mundialista de Mar del Plata que había propuesto Banfield. El sábado 23 de junio de 1993 se conocería el equipo que ascendería, al que luego acompañaría Gimnasia y Tiro de Salta –al ganar el octogonal que otorgaba la segunda plaza a Primera- en una maratónica final, que contemplaba un alargue de 30’ en caso de empate, y de no surgir un triunfador todo se definiría por penales. La responsabilidad del arbitraje recaería sobre Juan Carlos Crespi .En esa tarde cordobesa Colón tenía todo servido para alzarse con el título: eran apabullantemente locales –metía miedo observar la tribuna del Negro-, jugaron con un hombre más los trascendentales últimos quince minutos del partido -ante la expulsión de Stafuza-, dominaron campo y pelota durante la mayor parte de los 120 de juego, el palo le devolvió un fierrazo a Mamani,- -cuando nuestro arquero estaba vencido-, tuvo un penal a favor en el arranque del primer suplementario-que Puentedura le tapó brillantemente a Adolfino Cañete-, estuvo 3-2 arriba en la serie de penales definitorios y con dos tiros a ejecutar contra uno del Taladro. Realmente no creo que en los ochenta años de historia que tiene el fútbol profesional en nuestro país haya algún antecedente de un equipo que haya desperdiciado tantas posibilidades de triunfo como aquel equipo de Ginarte. El final de la película todos los conocemos: estando 4-4 en la serie de penales el Archu convirtió con jerarquía el suyo mientras Mamani veía con estupor como su fuerte disparo pegaba en la base del palo derecho del héroe de la jornada: Gabriel Puentedura. De este modo Banfield logró el sexto ascenso de su historia, que se festejó en el mismo lugar en que dos años antes los Piratas nos pasaron por encima: Esa fría noche el Florencio Sola desbordó de gente, que aguardaba el regreso de los gladiad
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